El ocho, de Katherine Neville, es una novela construida alrededor de una obsesión: la existencia de un secreto capaz de atravesar los siglos y de permanecer oculto en las piezas de un juego de ajedrez. Publicada en 1988, la novela comienza en los últimos años del siglo XVIII, cuando la Revolución francesa está a punto de cambiar Europa, y continúa casi doscientos años después, en un mundo de ordenadores, viajes internacionales y espionaje. Entre ambos tiempos, las mismas piezas van pasando de unas manos a otras y la historia se convierte en una partida cuyo origen se pierde en la memoria.
El centro de todo es el llamado ajedrez de Montglane, un juego legendario que habría pertenecido a Carlomagno y que contiene un secreto de un poder extraordinario. Para protegerlo, las piezas son dispersadas y comienza una persecución que atraviesa países, generaciones y acontecimientos históricos. Mireille y Valentine quedan atrapadas en la trama durante la Revolución francesa; siglos después, Catherine Velis entra en ella casi sin saberlo. Lo que parecía una sucesión de casualidades va revelando poco a poco una arquitectura mucho más compleja.
Es ahí donde la novela encuentra su mayor fuerza. Neville consigue que el pasado no sea simplemente el lugar donde ocurrieron las cosas, sino una presencia que continúa actuando sobre el presente. La Revolución francesa, con su violencia, sus intrigas y sus cambios de poder, adquiere una dimensión casi de novela de aventuras. Personajes históricos como Robespierre, Marat, Talleyrand, Napoleón o Catalina la Grande aparecen integrados en una narración en la que la Historia y la ficción se confunden deliberadamente. El resultado tiene algo de conspiración y algo de leyenda.
El ajedrez da sentido a todo. Sus reglas se convierten en la lógica secreta de la novela: movimientos, estrategias, alianzas, sacrificios. Nadie sabe con certeza quién es jugador y quién es pieza. Los personajes creen tomar decisiones libres mientras otros parecen anticiparse continuamente a sus movimientos. Incluso el título contiene esa ambigüedad: el ocho es una figura que puede evocar el infinito, un movimiento que vuelve sobre sí mismo, una historia que no termina de cerrarse.
También resulta especialmente sugerente la relación entre las matemáticas y el misterio. Catherine Velis procede del mundo de la informática y del cálculo, y esa dimensión racional no está enfrentada a lo antiguo, sino que acaba conduciéndola hacia ello. En El ocho, los números, el ajedrez, los códigos y los símbolos forman parte de una misma búsqueda: encontrar un orden secreto detrás de aquello que parece azaroso. Es una idea que recorre toda la novela y que quizá explique por qué una historia tan cargada de elementos distintos consigue mantener una cierta unidad.
Neville escribe además con una enorme confianza en el poder de la aventura. No necesita que el lector crea literalmente en cada una de las leyendas que aparecen en el camino; basta con que acepte durante unas páginas la posibilidad de que sean ciertas. Y así consigue algo fundamental: que la curiosidad vaya siempre por delante de la incredulidad. Una pieza conduce a otra, un nombre abre una nueva pista, un acontecimiento histórico adquiere un significado inesperado. La novela avanza como un laberinto en el que cada respuesta contiene otra pregunta.
Hay, además, una mirada muy particular sobre el poder. El secreto del ajedrez no interesa solamente porque sea extraordinario, sino porque todos aquellos que conocen su existencia quieren poseerlo. Reyes, políticos, sociedades secretas y hombres poderosos aparecen unidos por una misma convicción: quien controla el conocimiento puede controlar también el mundo. La partida de ajedrez se convierte así en una representación del poder humano y de la interminable lucha por dominar lo que los demás desconocen.
Quizá por eso El ocho funciona mejor cuando se abandona a su propia naturaleza. No pretende ser una novela realista ni una lección de Historia. Es una gran máquina narrativa que mezcla siglos, personajes, lugares y disciplinas para producir una sensación muy concreta: la de que el mundo visible está lleno de conexiones que normalmente no percibimos.
Y esa sensación es difícil de perder. Una vez que se entra en el juego de Montglane, todo parece susceptible de esconder una segunda lectura. La Historia deja de ser una sucesión de acontecimientos y se convierte en un tablero; los personajes, en piezas; y el lector, en alguien que intenta descubrir las reglas antes de que termine la partida.
Katherine Neville nació en Estados Unidos y antes de dedicarse a la literatura desarrolló una trayectoria profesional poco habitual. Trabajó en informática, consultoría y banca internacional, vivió en diferentes países y estuvo vinculada a mundos tan distintos como la tecnología y la energía. Esa experiencia internacional, junto con su interés por las matemáticas, la historia y distintas culturas, forma parte del universo intelectual de sus novelas.
El ocho fue su primera novela y se publicó en 1988. Después llegarían Riesgo calculado, El círculo mágico y El fuego, continuación de El ocho. En su obra confluyen constantemente el conocimiento y la aventura, la tecnología y la tradición, lo racional y lo misterioso. En ninguna parte esa mezcla resulta tan evidente como en su primera novela, donde un tablero de ajedrez termina convirtiéndose en un mapa secreto de la Historia.


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