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La taberna del librarius

Escucha, como escucharías a quienes en otros tiempos no escribían la historia sino que la sostenían en la voz, a los recitadores que caminaban de plaza en plaza llevando relatos que no pertenecían a un solo hombre sino a muchos, porque antes de que las palabras tuvieran reposo en la materia, viajaban ligeras como el aire, y sin embargo los hombres quisieron darles cuerpo, y así comienza el camino del volumen, allí donde crece el papiro junto a las aguas tranquilas, cuando los tallos son cortados con precisión y abiertos en finas láminas que se cruzan unas sobre otras, se prensan, se secan, y lentamente dejan de ser planta para convertirse en superficie, en soporte, en espera; después, en los talleres donde el silencio se impone como una forma de respeto, los escribas inclinan el cuerpo sobre esa materia recién nacida y, con cañas afiladas y tinta oscura, van fijando palabras que antes solo existían en la respiración de quien las decía, ordenándolas en columnas que avanzan como si cada línea fuese un paso medido en un camino antiguo, hasta que la escritura crece y ocupa la extensión entera, y entonces esa larga continuidad se recoge sobre sí misma y se enrolla, dando forma al volumen, un cuerpo de lenguaje que no se ofrece de una sola vez, sino que exige ser desplegado, revelando su interior poco a poco, como si el tiempo mismo se desenrollara entre las manos; y así pasa de manos en manos, de quienes lo copian a quienes lo transportan, de quienes lo reconocen a quienes lo buscan, hasta llegar a la taberna libraria, ese lugar donde los rollos y códices se reúnen como si fueran voces en reposo, dispuestos para ser leídos, consultados, comprados o encargados, cada uno con su título, su forma, su memoria enrollada, esperando a quien los abra y los devuelva al movimiento; y allí, entre estantes y mesas de consulta, un hombre toma uno de esos volúmenes, lo reconoce, lo despliega con la familiaridad de quien conoce el peso de las palabras, y lo entrega a quien lo desea, sabiendo que no está vendiendo materia, sino acceso a lo que otros han dicho antes, a lo que ha sobrevivido al tiempo, y es entonces cuando el viaje parece cerrarse, aunque en realidad solo cambia de manos, porque ese hombre que recibe, ordena y ofrece los volúmenes en la taberna libraria eres tú, y cada rollo que se abre ante ti vuelve a empezar su historia en el instante en que alguien lo lee.

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