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Nosotros de Yevgueni Zamiatin

En Nosotros, Yevgueni Zamiatin imagina una sociedad futura en la que la existencia humana ha sido sometida a una organización matemática casi perfecta. Sus habitantes ya no poseen nombres, sino números; viven en edificios de cristal, siguen horarios establecidos con precisión absoluta y tienen regulados incluso los aspectos más íntimos de su vida. Todo parece funcionar con una eficacia admirable, como si finalmente se hubiera conseguido eliminar de la sociedad el desorden, el conflicto y la incertidumbre. Pero detrás de esa perfección aparece la verdadera inquietud de la novela: para construir un mundo en el que todo esté previsto, también ha sido necesario reducir al mínimo la capacidad de cada individuo para decidir por sí mismo.

Zamiatin escribió la novela en 1920, en los primeros años de la Rusia soviética, cuando todavía estaba abierta la enorme transformación política y social iniciada con la Revolución. Su experiencia personal resulta importante para entender la obra, pero Nosotros va mucho más allá de una crítica circunstancial. Lo que plantea es qué puede suceder cuando la búsqueda de una sociedad racional y perfectamente organizada acaba considerando la libertad un defecto. La felicidad deja entonces de ser una experiencia individual para convertirse en algo que puede administrarse desde arriba. Si todo está decidido de antemano, nadie tiene que enfrentarse al riesgo de equivocarse; pero tampoco puede elegir realmente su propio camino.

Uno de los grandes aciertos de la novela consiste en que ese sistema no aparece simplemente como un régimen basado en la violencia. Sus habitantes han aprendido a considerar natural el mundo en el que viven. La disciplina, la vigilancia y la ausencia de intimidad forman parte de una normalidad que se presenta como necesaria para alcanzar la felicidad colectiva. Zamiatin introduce así una cuestión especialmente incómoda: el poder resulta mucho más eficaz cuando consigue que las personas acepten sus límites como algo razonable. Ya no es necesario obligar continuamente al individuo si se consigue convencerlo de que aquello que podría desear fuera de las normas es, en realidad, una equivocación.

La sustitución de los nombres por números resume perfectamente esa desaparición de la individualidad. Un nombre identifica a alguien como persona; un número lo convierte en una unidad dentro de un sistema. El título, Nosotros, contiene por ello una paradoja fundamental. La sociedad ha conseguido una unidad casi absoluta, pero precisamente al precio de borrar las diferencias entre quienes la forman. Porque una comunidad no consiste simplemente en que todos sean iguales, sino en que individuos distintos puedan compartir algo sin dejar de ser ellos mismos. Cuando la diferencia se considera una amenaza y la singularidad un error, el “nosotros” corre el riesgo de convertirse en una masa perfectamente organizada.

También la imaginación adquiere una importancia especial. En un mundo construido para calcularlo todo, imaginar significa introducir algo que todavía no ha sido previsto. Significa pensar que las cosas podrían ser de otra manera. Por eso la novela no habla solamente de libertad política, sino de una libertad mucho más profunda: la posibilidad de conservar un espacio interior que ningún sistema pueda organizar completamente. El individuo comienza a recuperar su autonomía cuando deja de aceptar que la realidad existente sea la única realidad posible. La duda, en ese sentido, puede ser más peligrosa para un sistema cerrado que cualquier acto de desobediencia.

La importancia de Nosotros dentro de la literatura distópica resulta evidente porque muchas de las cuestiones que posteriormente se convertirían en características esenciales del género aparecen ya aquí: la vigilancia, la desaparición de la identidad individual, la regulación de la vida cotidiana y la construcción de una sociedad que presenta la obediencia como condición de la felicidad. Sin embargo, reducir la novela a su condición de precursora sería quedarse corto. Su verdadera fuerza está en la pregunta que deja abierta: cuánto estamos dispuestos a entregar de nuestra libertad a cambio de seguridad, comodidad y ausencia de incertidumbre. Zamiatin no necesita responderla de manera explícita; basta con mostrar las consecuencias de una sociedad que ha decidido que el individuo debe adaptarse por completo al sistema.

Además, la forma de la novela tiene una importancia considerable. La escritura de Zamiatin está marcada por las vanguardias de su época y utiliza imágenes geométricas, mecánicas y científicas que encajan con la mentalidad de un mundo obsesionado con el orden. La propia narración transmite así la tensión entre lo calculable y aquello que se resiste a ser medido. Esta combinación de ciencia ficción, sátira política y reflexión filosófica explica que Nosotros conserve una personalidad propia y no sea simplemente un antecedente histórico de las distopías posteriores.

Más de un siglo después de su escritura, la novela sigue resultando incómoda precisamente porque su advertencia no depende de un régimen concreto. No plantea solamente el peligro de un Estado que controle a sus ciudadanos, sino la tentación de aceptar que alguien decida por nosotros a cambio de hacer nuestra existencia más sencilla y previsible. En el mundo de Zamiatin, la libertad no desaparece únicamente porque alguien la prohíba: desaparece cuando deja de parecer necesaria. Y quizá ahí se encuentre la idea más poderosa de Nosotros: una sociedad puede llegar a ser tan ordenada que ya no permita vivir de una manera verdaderamente propia.

Yevgueni Zamiatin (1884-1937) nació en Lebedián, en el Imperio ruso, y se formó como ingeniero naval. Participó durante su juventud en el movimiento revolucionario, fue detenido y sufrió el exilio bajo el régimen zarista. Después de la Revolución continuó desarrollando su actividad literaria, pero sus conflictos con las autoridades soviéticas fueron aumentando. Nosotros, escrita en 1920, no pudo publicarse legalmente en la Unión Soviética y apareció primero en traducción inglesa en 1924. En 1931 Zamiatin abandonó el país y se instaló en París, donde murió en 1937. Con el paso de las décadas, su novela fue recuperando reconocimiento hasta ocupar un lugar fundamental en la historia de la literatura distópica del siglo XX.

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